Desde que llegue a la adolescencia me obsesiono la pregunta?: Porque y para que nací? He gastado cincuenta y cinco años en encontrar la respuesta. Aunque mi interés y angustia hayan sido intermitentes, sentía que este misterio taladraba mi subconsciente y permanecía latente cuando me distraía con algo diferente.

Cuando apareció esa pregunta mis profesores de religión se apresuraron en contestarme con el catecismo del Padre Astete: “Nacemos para conocer, amar y servir a Dios en esta vida y adorarlo en la otra”; pero ya por esa época, a la duda anterior se sumaba mi desconfianza en la existencia de Dios y en la de una vida después de la muerte.

Pertenezco a una generación que vio triunfar a la Revolución Cubana. Contemplábamos un escenario muy diferente al que le ha tocado a la juventud actual: Una tercera parte de la población mundial vivía en países que estaban construyendo el socialismo primero y el comunismo después. Teniendo en el Caribe a un vecino que empezaba a liberarse del Capitalismo, creíamos que la Revolución Colombiana era cuestión de poco tiempo y ante todo pensábamos que la historia del hombre tenia un sentido hacia el socialismo y a la revolución. En ese mundo ya existía una respuesta al sentido de nuestras vidas: Debíamos trabajar para el triunfo de la Revolución y la construcción de la nueva sociedad y el nuevo hombre comunista. La ideología del porvenir era el materialismo ateo dialéctico Marxista Leninista. Con esa certeza y la fuerza inexorable del destino histórico, apostamos muchos nuestras vidas al Marxismo. Sin embargo allá en el fondo de nuestro ser existía una inquietud: La victoria de la revolución nos daba un sentido social y colectivo, pero : ¿ cual era nuestro sentido personal? ¿ Seria cierto lo que afirmaba Sartre : “El hombre es un intervalo entre dos nadas”?

Hoy todo cuan distinto. Lo que creíamos imposible sucedio: El mundo socialista se derrumbo. En menos de 5 años desaparecieron esfuerzos realizados en 73 años y lo que era aun mas grave: Habíamos perdido el sentido de nuestras vidas o por lo menos había demasiadas grietas en ese edificio ideológico como para albergarnos en él. En la edad adulta nos encontramos con las manos vacías, con la misma angustia existencial de la juventud y, ademas, el amargo sabor del fracaso.

En el Capitalismo triunfante había decaído la versión humanista del progreso del hombre y minado la confianza en el conocimiento científico. Esos ideales del siglo 19 parecían estar en un callejón sin salida.

Fue en ese contexto donde me toco reconstruir el sentido de la vida y migrar al conocimiento esotérico que hoy responde a esa cuestión sobre el significado y el sentido de existir.

El aporte del pensamiento esotérico, de sus técnicas para liberar lo mejor de si mismos y adquirir el verdadero sentido de la vida, merece ser el contenido de otro articulo.

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